Fragmento - El Orgullo de Chanur

Mientras, la distinguida y noble capitana Pyanfar Chanur se disponía a bajar por la rampa de su nave hacia los muelles y el intruso ocupaba el último lugar por orden de importancia en sus pensamientos. La capitana era hani y poseía una espléndida melena rojo dorada que se prolongaba en una barba de sedosos rizos hasta la mitad de su pecho, cubierto de un suave pelaje. Su atuendo era el conveniente a una hani de su rango: pantalones anchos de color escarlata recogidos por un cinturón dorado al que guarnecía una generosa cantidad de cordones de seda cuyas tonalidades recorrían toda la gama del rojo y del naranja. De cada cordón colgaba una joya y los pantalones terminaban a la altura de las rodillas en una banda de oro. Llevaba un brazalete de oro delicadamente labrado y la velluda curva de su oreja izquierda iba adornada con una hilera de finos anillos de oro y un gran pendiente con una perla. Bajó por la rampa con el paso seguro de la propietaria, aún algo encendida la sangre a causa de una disputa anterior con su sobrina... y se detuvo, lanzando un chillido y sacando las garras, al toparse con el intruso.

Su primer golpe, fruto de la sorpresa, habría dejado algo aturdido a un hani, pero la piel sin vello del intruso se desgarró como si fuera de papel y éste, más alto que ella, la rebasó tambaleándose. Dio la vuelta en el final de la rampa curvada y, patinando a causa del impulso de su carrera, se coló de un salto en la nave, dejando sangre a su paso y marcando con la huella de una mano ensangrentada la blanca pared de plástico.

Pyanfar, boquiabierta y más que enfadada, se lanzó tras él arañando con las garras las placas del suelo para no patinar.
-¡Hilfy! -gritó a plena potencia. Hilfy, su sobrina, estaba antes en el pasillo inferior. Pyanfar llegó hasta la esclusa y, con un golpe brusco en el panel de comunicaciones, se puso en contacto con todos los puestos de la nave-. ¡Alerta! ¡Hilfy! ¡Llamada a toda la tripulación! Algo se ha metido en la nave. Enciérrate en el compartimiento más cercano y llama a la tripulación.

Abrió con un golpe seco el panel que había junto a la unidad de comunicaciones, agarró una pistola y partió a la caza del intruso. El seguirlo no era ningún problema, dado el rastro de manchas rojas que había dejado en el blanco suelo. El rastro torcía a la izquierda en la primera encrucijada de corredores, y no se veía a nadie: el intruso debía de haberse desviado nuevamente a la izquierda, siguiendo la forma del cuadrado de pasillos que circundaba las cubiertas de los ascensores. Pyanfar siguió corriendo y oyó un grito procedente de esa intersección de corredores. Apretó el paso; /Hilfy! Rebasó la esquina a toda velocidad y frenó de golpe para encontrarse con la imagen, como congelada, del intruso con su espalda lampiña por la que corrían riachuelos rojizos y de Hilfy Chanur, defendiendo el corredor vacío sin más armas que sus garras y su osadía de adolescente.

-¡Idiota! -le dijo Pyanfar a Hilfy con un bufido y el intruso se volvió como un rayo hacia ella. Ahora lo tenía mucho más cerca que antes: su cuerpo se quedó encogido, como a punto de saltar, al ver el arma que Pyanfar sostenía con las dos manos apuntándole. Quizá fuera lo bastante inteligente como para no arremeter contra un arma; quizá... pero eso le haría revolverse contra Hilfy, que seguía inmóvil y desarmada detrás del intruso. Pyanfar se dispuso a hacer fuego al menor movimiento de éste.
El intruso seguía agazapado, el cuerpo tenso, jadeando a causa de la carrera y sus heridas.
-Sal de ahí -le dijo Pyanfar a Hilfy-, retrocede.
El intruso había trabado ya conocimiento con las garras hani y ahora acababa de conocer sus armas, pero sus acciones seguían siendo imprevisibles. Hilfy, un manchón confuso en el límite de su campo visual, centrado por completo en el intruso, permanecía tozudamente inmóvil.
-¡Muévete! -gritó Pyanfar.
Y el intruso gritó igualmente, con un rugido que a punto estuvo de ganarle un disparo. Con el cuerpo ya erguido, se llevó la mano por dos veces al pecho en un gesto desafiante. ¡Venga, dispara!, parecía invitarle.
Eso intrigó a Pyanfar. El intruso no era nada atractivo: una revuelta melena dorada, barba del mismo color y un poco de vello en el pecho, tan escaso que casi resultaba invisible, bajando en una línea decreciente hasta su vientre que subía y bajaba velozmente impulsado por sus jadeos y desvaneciéndose por fin en lo que indudablemente era tela, aunque reducida a tal estado de harapo como para ser casi inexistente y tan ennegrecida por la suciedad que apenas se la distinguía de su piel lampiña. El olor del intruso era agrio pero...
Ese modo de comportarse, la invitación al enemigo hecha por sus ojos llameantes... sí, eso merecía ser meditado. Conocía las armas; llevaba encima un pedazo de tela; sabía trazar su territorio y estaba decidido a defenderlo. Quizá fuera un macho: en sus ojos había esa expresión tozuda y atolondrada típica de ellos.

-¿Quién eres? -le preguntó Pyanfar, pronunciando lentamente las palabras y usando varios lenguajes en sucesión, incluyendo el kif. El intruso no dio señales de entender ninguno de ellos-. ¿Quién? -le repitió.

De pronto el intruso se agachó con una mueca huraña hasta tocar el suelo y con un dedo, provisto de una gruesa uña, empezó a escribir con su propia sangre, profusamente esparcida alrededor de sus pies descalzos. Trazó una hilera de símbolos, diez en total, y luego otra que empezaba con el primer símbolo precedido por el segundo, luego el segundo con el segundo, el segundo con el tercero... escribía con gestos pacientes y cada vez más absortos en su tarea pese a los crecientes temblores de su mano, mojando el dedo en la sangre y escribiendo, como un loco incapaz de abandonar algo que ha empezado.

-¿Qué está haciendo? -preguntó Hilfy, que no podía verlo dada su posición.
-Es un sistema de escritura, probablemente algún tipo de notación por cifras. No se trata de un animal, sobrina.
Al oír el intercambio de palabras el intruso alzó los ojos... y se levantó con una brusquedad que resultó excesiva después de su pérdida de sangre, Sus ojos se vidriaron y con una expresión desesperada el intruso se derrumbó sobre el charco de sangre y los signos que había trazado, resbalando sobre ellos cada vez que intentaba levantarse de nuevo.
-Llama a la tripulación -dijo Pyanfar con voz calmada, y esta vez Hilfy se apresuró a obedecerla. Pyanfar se quedó donde estaba, pistola en mano, hasta que Hilfy hubo desaparecido por el corredor y luego, asegurándose bien de que nadie la veía faltar de tal modo a su dignidad, se inclinó sobre el intruso dejando descansar el arma, aún agarrada con las dos manos, entre sus rodillas. El intruso seguía debatiéndose y finalmente logró apoyar su espalda ensangrentada en la pared, apretándose con el codo la herida del flanco de la que brotaba mayor cantidad de sangre. Aunque algo extraviados, sus ojos, de un azul claro, no parecían haber perdido el sentido de lo real y la observaban, cautelosos, con lo que en su situación parecía un cinismo irracional.
-¿Hablas kif? -le preguntó de nuevo Pyanfar. Un fugaz centelleo en sus ojos, lo cual podía significar cualquier cosa, pero ni una palabra. Su cuerpo empezó a temblar violentamente con los primeros efectos de un shock por hemorragia. Su piel carente de vello se estaba cubriendo de sudor, Pero el intruso no apartaba los ojos de ella.
Ruido de pasos en los corredores. Pyanfar se incorporó rápidamente, no deseando que nadie le viera en tal posición junto al intruso. Hilfy apareció por un pasillo a toda velocidad y en dirección opuesta, al mismo tiempo, llegó la tripulación. Pyanfar se apartó unos pasos al verlas y el intruso intentó moverse sin demasiado éxito. Varias manos se apoderaron de él rápidamente y lo arrastraron sobre el charco de sangre. Lanzó un grito, intentando luchar, pero no tardaron en darle la vuelta y aturdirle de un golpe.
-¡Con suavidad! -gritó Pyanfar, pero ya no era necesario, Le ataron los brazos a la espalda con un cinturón y luego otro le rodeó los tobillos, apartándose luego de él con el pelaje tan ensangrentado como el cuerpo del intruso, que seguía removiéndose lentamente-. No le hagáis más daño -dijo Pyanfar-. Lo quiero limpio, naturalmente. Dadle agua y comida y curadle, pero que esté bien encerrado. Id preparando alguna explicación de cómo logró darse de bruces conmigo en la rampa y si alguien habla de esto fuera de la nave, aunque sólo sea una palabra, me encargaré de vender la a los kif.
-Capitana... -murmuraron, agachando las orejas en deferencia. Eran sus primas en segundo y tercer grado: dos parejas de hermanas, una grande y una pequeña, y las cuatro estaban igualmente apenadas.
-¡Fuera! -les dijo. Cogieron al intruso por el cinturón que le ataba los brazos y se dispusieron a llevárselo a rastras-. ¡Con cuidado! -siseó Pyanfar, y su transporte fue algo menos brusco-. Y tú... -le dijo después Pyanfar a Hilfy, la hija de su hermana, mientras que ésta agachaba las orejas y apartaba el rostro de corta melena en el que ya empezaba a despuntar la barba de una adolescente, con cierta expresión de mártir-. Si desobedeces otra orden mía te enviaré de vuelta a casa con la melena afeitada. ¿Me has entendido?
Hilfy le hizo una reverencia con el debido aire de contrición.

El Orgullo de Chanur, C.J.Cherryh

EXTINCIÓN INMINENTE

Desde niño mostró una especial sensibilidad por los seres delicados y dignos que poblaban los relatos ilustrados de su solitaria infancia. Unicornios, sirenas, dragones y centauros suplieron el bullicio propio de las familias numerosas y fueron una inmejorable compañía para el único hijo de la familia Costa-Formiga.

Más tarde se interesó por los dinosaurios y conoció a los habitantes de las más remotas mitologías. Fue creciendo mientras su biblioteca se expandía como una ameba que extiende sus seudópodos, y él se dejó fagocitar, encantado por las historias sobre otros universos que le envolvían y ocupaban todos los rincones de su alma. Es comprensible, pues, que sus parientes se sorprendieran cuando se enteraron que quería ingresar en la Facultad de Biología. Al principio lo tomaron como otra de sus muchas excentricidades, pero tras recapacitar unos segundos concluyeron que, una vez agotado el tema de los seres fantásticos, no estaba de más que dejase entrar en su cabeza un poco de realidad. Inmediatamente siguieron con sus ocupaciones.

Se especializó en zoología, y se dedicó con pasión a la desagradecida tarea de catalogar y recuperar insólitas especies de ranas, tortugas, tritones, insectos y simios abocados a una inminente extinción.

Compaginó, durante casi cincuenta años, la alta investigación en dinámica de ecosistemas con la divulgación pragmática (y en ocasiones oportunista) de los efectos devastadores de tanta desaparición. Aunque con su empeño logró prolongar unos años la presencia en la tierra de algunos de los animales, la larga lista prendida en la pared de su despacho iba disminuyendo, y muchas de las especies a las que trató de salvar desaparecieron definitivamente a lo largo de su dilatada y prestigiosa carrera. Cada vez que había una baja en la lista, el doctor Costa-Formiga colgaba una fotografía del animal extinguido en una vitrina en la que, a modo de mausoleo, posaban los animales que no pudieron ser.

No había día en el que no se avergonzara de pertenecer a una especie tan depredadora y codiciosa como la suya. Cada fotografía que accedía a la vitrina era una inyección de adrenalina que impulsaba al doctor a investigar más a fondo los factores de estrés en los sistemas naturales, a escribir más artículos, a participar en más foros internacionales y a viajar allá donde su presencia fuera requerida. La rabia actuó como el acicate más potente contra cualquier atisbo de pereza y le convirtió —sin él quererlo— en la mayor eminencia del mundo sobre animales en peligro de extinción. Solamente en su vejez —cuando la vitrina ya tenía demasiadas capas de fotografías y apenas recordaba el aspecto de los primeros animales que colocó— esa rabia dio paso a una creciente melancolía.

La Academia de las Ciencias quiso concederle, cuando ya era un anciano y él mismo podía ser considerado un ser en peligro de desaparición, el máximo galardón en reconocimiento a una vida dedicada a la ciencia y a la conservación de la biodiversidad del planeta.

Lo podemos ver, frágil y hermoso como una pieza de porcelana, acercándose con paso lento al estrado para leer el discurso de agradecimiento. La palidez de su piel casi transparente contrasta con el terciopelo azulado de su frac.

El anciano se detiene ante el micrófono y, sin prisas, observa a la audiencia. No puede evitar una sonrisa al pensar en un gran arrecife repleto de focas monje. Los miembros de la Academia, los científicos y las demás autoridades también sonríen, ayudándole a visualizar la imagen al enseñar levemente los colmillos.

Tras un suave carraspeo comienza a leer el discurso, con mano temblorosa pero voz firme. Un discurso corto pero ancho, tan ancho que caben todos.

Tras dar las gracias por el premio empiezan a desfilar por entre sus palabras una larga procesión de seres que ya no existen. Nombra, como si fuera un segundo Noé tratando de llenar su arca, a los animales que querría llevarse con él. Los llama por su nombre y ellos, sumisos, entran en la sala y la recorren.

En primer lugar un recuerdo emocionado y en clave de vergonzosa disculpa para algunos de los últimos expulsados: el delfín de río chino y el coqui dorado.

A continuación, un réquiem en memoria de los ya casi legendarios bisontes, dodos y tigres de Tasmania. También menciona en voz baja —para evitar que se acerquen y desbaraten la comida de gala— a dinosaurios y mamuts.

Por último —y con la libertad que otorga el no tener ya nada más que perder— un gutural y lacerante reclamo sale de su garganta.

Se oye un extraño rumor de pasos y batir de alas que crece desde el suelo. Una legión de sirenas, faunos, dragones y arpías se deslizan por entre los comensales para acudir gozosos a su llamada y rodearle. Un minotauro y un Yeti clausuran el desfile.

Para cerrar el discurso ninguna mención a la universidad, a los políticos ni a los investigadores que le escuchan con los colmillos ahora escondidos y los ojos muy abiertos. Solamente una caricia en el hocico del unicornio que se ha sentado a su izquierda.

EXTINCIÓN INMINENTE - Paz Monserrat Revillo

Fragmento - ESA HORRIBLE FORTALEZA

Así, Frost, cuya existencia negaba Frost, vio su cuerpo entrar en la antecámara y detenerse súbitamente ante la vista del cadáver desnudo y sangriento. La reacción química llamada shock se produjo. Frost se inclinó, dio vuelta al cuerpo y reconoció a Straik. Un momento después, sus relucientes lentes y su barbita en punta se asomaban a la cámara de la Cabeza. Apenas se dio cuenta de que Wither y Filostrato yacían allí, muertos. Su atención fue atraída por algo más serio. La repisa donde debía estar la cabeza estaba vacía; el anillo de metal, retorcido; los tubos de goma, arrancados y rotos.
Entonces vio una cabeza en el suelo, y se inclinó para examinarla. Era la de Filostrato. De la cabeza de Alcasan no encontró rastro, salvo un montón de huesos rotos al lado de donde estaba la de Filostrato.
Siempre sin preguntarse qué haría, ni por qué, Frost se dirigió al garaje. El lugar estaba vacío y silencioso; la tierra se hallaba cubierta de una espesa capa de nieve. Volvió a subir con todos los bidones de bencina que pudo transportar. Amontonó todas las materias inflamables que se le ocurrieron en la Habitación Objetiva. Entonces se encerró en ella y cerró la puerta exterior de la antesala. La fuerza que le ordenaba estas acciones le mandó entonces meter la llave en el tubo acústico que comunicaba con el corredor.
Cuando la hubo empujado hasta donde llegaban sus dedos, cogió un lápiz y la metió todavía más adentro. Oyó el sonido metálico de la llave que caía sobre los ladrillos del corredor. La fatigosa ilusión, su conciencia, gritaban en son de protesta; su cuerpo, aunque hubiese querido, no tenía la facultad de escuchar estas protestas. Como la figura ornamental que había decidido ser, su cuerpo rígido, ahora terriblemente frío, volvió a la Habitación Objetiva, vertió los bidones de bencina y arrojó un fósforo encendido al montón. Hasta entonces no pudo sospechar que la muerte misma podía, después de todo, no curarle la ilusión de ser un alma, como podía no probar tampoco la entrada en un mundo donde esta ilusión se encoleriza, infinita e incontrolada. Se le ofrecía una escapada para su alma, si no para su cuerpo. Era capaz de ver (y simultáneamente se negaba a reconocerlo) que se había equivocado desde el principio, que existían las almas y la responsabilidad personal. Lo veía a medias, pero odiaba por entero. La tortura física de morir abrasado no era quizá mayor que el odio que sentía por ello. Con un supremo esfuerzo, se refugió en esta ilusión. Y en aquella actitud se apoderó de él la eternidad de la misma forma que la salida del sol de los viejos cuentos se apodera de los gnomos para transformarlos en inmutables piedras.

ESA HORRIBLE FORTALEZA, C. S. Lewis

Fragmento - EL VALLE DE LAS ARAÑAS

El jefe pudo verle cubierto de grandes arañas y a otras muchas sobre el suelo. Mientras se esforzaba por obligar a su caballo a que se acercase a aquel objeto gris que gesticulaba y daba alaridos, y que luchaba por levantarse y volvía a caer, le llegó el resonar de unos cascos, y el hombrecillo en acto de incorporarse, sin espada, balanceándose sobre su vientre atravesado en el caballo blanco y agarrándose a sus crines, pasó como un torbellino. Y de nuevo un hilo pegajoso de telaraña gris cruzaba la cara del jefe y le rodeaba por completo, y por encima de él aquella telaraña que avanzaba  sin ruido parecía cercarle y envolverle cada vez más...
Hasta el día de su muerte nunca supo a ciencia cierta lo que había ocurrido en aquel momento. ¿Había sido él el que había desviado al caballo o había sido el animal el que por propio impulso había salido realmente de estampida detrás de su compañero? Baste
decir que un segundo después estaba galopando valle abajo mientras blandía furiosamente la espada por encima de su cabeza. Y a su alrededor, sobre la brisa que se avivaba, las aeronaves de las arañas, sus envoltorios aéreos y sus sábanas aéreas le parecía que se precipitaban en una persecución consciente.
Estruendo y mas estruendo, ruidos sordos y más ruidos sordos... el hombre de la brida de plata cabalgaba sin cuidarse de la dirección, con la cara desencajada por el tenor mirando ora a la derecha ora a la izquierda, y el brazo de la espada pronto a dar tajos. A pocos cientos de yardas delante de él, con un acompañamiento de arañas desgarradas que se arrastraban tras él, cabalgaba el hombrecillo en el caballo blanco, silencioso pero mal montado en la silla. Las cañas se doblaban delante de ellos, el viento soplaba fresco y fuerte, a su espalda el jefe podía ver las telarañas precipitándose para alcanzarlo...
Iba tan atento a escapar de las telas de arañas que sólo cuando su caballo se tensó
para dar un salto se dio cuenta de la barranca que tenía delante. Y sólo se dio cuenta
para equivocarse y chocar. Iba inclinado sobre el cuello de su caballo y se incorporó y
echó para atrás demasiado tarde.
Pero si en su excitación había dado mal el salto, en modo alguno había olvidado cómo caer. Y de nuevo volvió a comportarse como un jinete en el aire. Salió ileso, con una simple magulladura en el hombro, y su caballo rodó, agitando espasmódicamente las patas para quedarse después quieto. Pero la espada del jefe clavó su punta en el duro suelo rompiéndose limpiamente, como si la fortuna le rechazase desde ese momento como su caballero, y la extremidad astillada pasó rozándole a una pulgada del rostro. En un momento se puso de pie examinando sin aliento las telarañas que se apelotonaban para volver a la carga. Por un momento se le ocurrió echarse a correr; pero pensó en la
barranca y se echó atrás. Corrió primero hacia un lado para escapar a un terror que le embargaba y después se deslizó rápidamente por las pendientes abruptas protegiéndose del ventarrón.
Allí, resguardado por las escarpadas vertientes del torrente seco podría agacharse y observar a salvo el paso incesante de aquellas extrañas masas grises hasta que el viento se calmase, y así le sería posible escapar. Allí, pues, se acurrucó durante un largo rato, observando las extrañas masas grises desgarradas que arrastraban sus flecos por la estrecha franja de cielo.
Una araña descarnada cayó de improviso en la barranca, junto a él: de pata a pata medía más de un pie* y su cuerpo era como media mano de un hombre; después de haber observado atentamente durante unos momentos el monstruoso ardor con que buscaba escapar y cómo intentaba morder su rota espada, levantó su bota de tacones de hierro y la aplastó contra aquella masa blanda. Mientras lo hacía lanzó un juramento y durante un rato miró en derredor por si había alguna otra.

EL VALLE DE LAS ARAÑAS, Herbert G. Wells

*Un pie equivale a 30 cm más o menos.

Fragmento - Los propios dioses

Dua suspiró.
Cuando era niña, y todavía pensaba en sí misma como en un individuo, un ser único, y no como en una parte de un tríada, tenía mucha más conciencia de aquella rareza. Los demás la obligaban a notarla con mayor claridad. Una cosa tan trivial como la superficie al atardecer...
Ella amaba la superficie al atardecer. Las otras Emocionales la llamaban fría y triste, y se estremecían y entremezclaban cuando ella se la describía. Ya estaban maduras para emerger al calor del mediodía, y estirarse y alimentarse, pero esto era exactamente lo que convertía el mediodía en aburrido. A Dua no le gustaba encontrarse entre aquella masa temblorosa.
Tenía que comer, por supuesto, pero le gustaba mucho más por la noche, cuando había muy poca comida, pero todo era penumbra, de un rojo intenso, y ella estaba sola.
Como es natural, lo describía como más frío y solitario cuando hablaba con las otras, para contemplar cómo se endurecían sus bordes al imaginar el frío... todo lo duras que podían ponerse las Emocionales jóvenes. Al cabo de un rato, solían murmurar y reírse de ella... y dejarla sola.
El pequeño sol estaba ahora en el horizonte, con la secreta rubicundez que sólo ella contemplaba. Se extendió lateralmente y se condensó dorso-ventralmente, absorbiendo las trazas de débil calor. Lo masticó con la boca cerrada, para saborear el gusto un tanto agrio y sin sustancia de las longitudes de onda. (Nunca había conocido a otra Emocional que admitiera que le gustaba. Pero ella nunca podía explicar que lo asociaba con la libertad; la libertad de los otros, cuando podía estar sola.)
Incluso ahora, la soledad, el frío y el intensísimo rojo le recordaron aquellos días lejanos anteriores al tríade; y aún más, con mucha claridad, a su propio Paternal, que avanzaba pesadamente tras ella, siempre temeroso de que se hiciera daño.
Había sido muy cariñoso con ella, como siempre eran los Paternales; con sus hijos medianos más que con los otros dos, como siempre. Esto le molestaba y soñaba con el día en que él la abandonaría. Los Paternales siempre acababan por hacerlo; y cuánto le echó de menos cuando, finalmente, lo hizo.
Fue a decírselo, con toda la cautela de que fue capaz, pese a la dificultad que tenían los Paternales de expresar sus sentimientos. Aquel día, ella había huido de él; no lo hizo por malicia, ni porque sospechara lo que tenía que decirle sino solamente por felicidad.
Había encontrado un lugar especial al mediodía, donde pudo comer a placer en su inesperado aislamiento, y había experimentado una extraña e inquietante sensación que exigía movimiento y actividad. Se deslizó por las rocas, cubriendo sus bordes con los suyos propios. Sabía que era un acto groseramente impropio en alguien que no fuera un niño y, sin embargo, era algo excitante y consolador a la vez.
Su Paternal la alcanzó al fin y se quedó en pie ante ella, guardando silencio durante mucho rato y entrecerrando sus ojos como para detener cualquier rayo de luz reflejado por ella, para verla en sus mínimos detalles y durante todo el tiempo que le fuera posible.
Al principio, ella se limitó a mirarle a su vez, mientras pensaba confusamente que la habla visto rascarse contra las rocas y estaba avergonzado de ella. Pero no captó ninguna vergüenza y, al final, dijo en voz muy baja:
- ¿Qué ocurre, Papá?
- Ocurre, Dua, que ha llegado el momento. Lo he sentido acercarse. Con seguridad, tú también.
- ¿Qué momento?
Ahora que había llegado, Dua se obstinaba en no reconocerlo. Si se negaba a admitir la evidencia, no habría nada que saber. (Nunca pudo desechar aquella costumbre. Odeen decía que todas las Emocionales eran así, con la voz arrogante que usaba a veces,
cuando le embargaba de modo especial, la importancia de ser un Racional.)
Su Paternal había dicho
- Tengo que desaparecer. Ya no estaré a tu lado - permaneció mirándola y ella no acertó a decir nada.
El añadió
- Tú se lo dirás a los otros.
- ¿Por qué?
Dua se apartó en actitud de rebeldía, con sus contornos cada vez más vagos, intentando disiparse. Quería disiparse por completo, pero, claro. no podía. Al cabo de un rato sintió dolor y rigidez. y se perfiló de nuevo. Su Paternal ni siquiera la regañó: le dijo
que sería vergonzoso que alguien la viera estirada de aquel modo.
Ella entonces respondió
- No les importará - y de inmediato sintió tristeza de haber afligido a su Paternal.
El aún los llamaba «niño-izquierdo» y «niño-derecho», pero el niño-izquierdo ya estaba dedicado a sus estudios y el niño-derecho no hacía más que hablar de formar un tríade.
Dua era la única de los tres que aún sentía... Bueno. era la más joven. Las Emocionales siempre lo eran, y su caso era distinto.
Su Paternal sólo dijo:
- De todos modos, tú se lo dirás.
Y quedaron mirándose mutuamente.

Los propios dioses, Isaac Asimov

Concluyen con éxito caminata en Marte

Moscú.- Rusia anunció hoy que culminó con éxito la tercera y última caminata que realizaron dos voluntarios sobre la superficie del Planeta Rojo.
A las 09.59 GMT, los “marsonautas” ruso Alexandr Smoléyevski e ítalo-colombiano Diego Urbina abrieron las escotillas de la “cápsula de descenso” y salieron al módulo que simula la superficie del cuarto planeta del sistema solar.
El suelo marciano fue recreado en las instalaciones del Instituto de Problemas Biomédicos (IPBM) de la Academia de Ciencias de Rusia en Moscú.
Según se informó los “marsonautas” han permanecido aislados del mundo en las instalaciones por 490 días en un proyecto en el que participado la Agencia Espacial Europea (ESA) y la rusa Roscosmos.


Fragmento - La Tierra permanece

Sin embargo, pensándolo un poco, ¿cuándo había visto a algún pescador? Desde luego, no esa semana. No tampoco en las dos semanas últimas. Había oído un automóvil, una noche. Le sorprendió que alguien subiese en la oscuridad por esa carretera. Comúnmente acampaban abajo a la caída de la tarde, y partían a la mañana. Pero quizá deseaban llegar cuanto antes a algún río favorito, e iniciar la pesca al amanecer.
No, realmente, no había hablado ni visto a nadie en las dos últimas semanas.
Una punzada de dolor lo devolvió al presente. Tenía la mano hinchada. Soltó el torniquete y la sangre circuló otra vez.
Sí, su aislamiento era total. No tenía radio. Podía haber ocurrido una catástrofe en la Bolsa, u otro Pearl Harbor. Quizás eso explicaba la escasez de pescadores. De cualquier modo, no podía esperar que viniesen a ayudarlo.
Sin embargo, aquella perspectiva no lo alarmaba. En el peor de los casos seguiría allí acostado. Tenía agua y comida para dos o tres días. Luego, cuando la mano se le deshinchase, iría en el coche al rancho de Johnson, el más cercano.
Pasó la tarde. A la hora de cenar, sin ganas, preparó café y bebió unas cuantas tazas. Sufría bastante, pero a pesar del dolor y el café, se quedó dormido...
Se despertó de pronto, con la luz, advirtiendo que alguien había abierto la puerta. Dos hombres en traje de calle, casi elegantes, escudriñaban a su alrededor de una manera extraña, como asustados.
-¡ESTOY ENFERMO! -dijo desde la cama.
El miedo de los hombres se transformó en pánico. Se volvieron rápidamente y sin cerrar la puerta echaron a correr. Momentos después se oyó el ruido de un motor, que se perdió en seguida en las montañas.
Sintió miedo, entonces, por primera vez. Se incorporó y miró por la ventana. El coche había desaparecido en el recodo. ¿Qué pasaba? ¿Por qué esa huida?
La luz venía de oriente. Había dormido hasta el amanecer. La mano le dolía aún. Pero no se sentía enfermo. Calentó el jarrito de café, preparó un poco de avena y se acostó otra vez. Iría en seguida a casa de Johnson... si antes no pasaba alguien que quisiera detenerse y ayudarlo.
Sin embargo, pronto empezó a empeorar. Se trataba, sin duda, de una recaída. A media tarde estaba realmente asustado. Tumbado en la cama, redactó una nota, explicando lo que había ocurrido. No pasaría mucho tiempo sin que alguien lo encontrase. Sus padres, sin noticias, telefonearían a Johnson. Logró garabatear con la mano izquierda unas pocas palabras. Luego firmó: Ish. El esfuerzo de escribir el nombre completo, Isherwood Williams, le pareció inútil, y además, todo el mundo le conocía por aquel diminutivo.
A medianoche, como el náufrago que ve pasar a lo lejos, desde una balsa, un buque trasatlántico, oyó un ruido de coches, dos coches, que subían por la carretera. Se acercaron, y luego siguieron adelante, sin detenerse. Los llamó, pero se sentía muy débil, y su voz, estaba seguro, no atravesaba aquellos doscientos metros.
Antes del crepúsculo, no sin esfuerzo, se incorporó tambaleándose, y encendió la lámpara. No quería quedarse a oscuras.
Se inclinó luego, aprensivamente, hacia el espejito que colgaba del techo inclinado. El rostro no parecía más largo y flaco que antes, pero tenía las mejillas encendidas. Los grandes ojos azules, congestionados, que lo miraban con un ardor febril, y el hirsuto cabello castaño completaban el retrato de un hombre muy enfermo.

La Tierra permanece
, George R. Stewart

Todo listo para la primera caminata espacial en Marte

Todo está listo en el módulo ruso para la primera caminata espacial tras el 'amartizaje' de la nave Mars500 en el planeta rojo. Diego Urbina explica cómo uno de los módulos se desacopló de la nave nodriza para llevar a cabo la misión en Marte.
Asimismo, muestra cómo se llevarán a cabo las tres caminatas especiales previstas. El experimento de la Agencia Espacial Europea (ESA) permanecer en la superficie marciana hasta el 23 de febrero.
Urbina y Smoléevski serán los encargados de realizar la primera caminata por la superficie marciana el 14 de febrero. Ocho días más tarde harán el segundo paseo espacial.

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Mañana llegan los primeros astronautas a Marte!

Un grupo de astronautas de la Agencia Espacial Europea (ESA) realizó el primer viaje tripulado y simulado hacia el planeta Marte.
La experiencia se enmarca en el "programa internacional Mars500", que intenta recaudar información sobre aspectos técnicos y psicológicos de los viajes espaciales de larga duración.
Los viajeros son seis astronautas, tres rusos, dos europeos y un chino que realizan las mismas actividades que si lo estuviesen viajando realmente.
"Su actividad diaria, estructurada en semanas de siete días con dos días de descanso, sigue una programación similar a la de los astronautas que se encuentran en la Estación Espacial Internacional. Las horas de trabajo durante el vuelo se dividen entre tareas de mantenimiento de la nave, experimentos científicos y ejercicio físico", explica ESA.
La nave llegó a la órbita marciana el último martes y espera aterrizar el 12 de febrero, simulando también un recorrido sobre esa superficie.
El 23 de febrero el módulo de aterrizaje despegará de la superficie de Marte, reuniéndose con la nave principal al día siguiente. A partir de ese momento, la tripulación comenzará una nueva fase rutinaria de viaje interplanetario que los traerá de regreso a la Tierra en noviembre de 2011.

Fragmento - En presencia de mis enemigos

Heinrich Gimpel echó un vistazo al informe sobre su mesa para comprobar de cuántos marcos del Reich habían recaudado de los Estados Unidos para las bases del Wehrmacht de Nueva York, Chicago y San Luis. Como había pensado, las cifras eran mayores que las de 2009. Bueno, los americanos podrían quejarse, pero aflojarían lo que les correspondía (y en divisa buena, además; nada de esos dólares inflacionistas suyos). En caso contrario, las divisiones panzer se extenderían sobre esas bases y tomarían lo que le pertenecía al Imperio Germano ese año. Y si al mismo tiempo derramaban algo de sangre, los EUA protestarían, pero apenas estarían en posición de devolver el ataque.
Heinrich introdujo las nuevas cifras en su ordenador y luego guardó el estudio en el que había estado trabajando los últimos dos días. El disco duro Zeiss ronroneó con suavidad como si se tragara los datos. Hizo dos copias de seguridad (era un hombre meticuloso y prudente) antes de apagar la máquina. Cuando se levantó de la mesa, se puso el gabán de su uniforme. En los primeros días de marzo en Berlín, el invierno se defendía de la primavera.
Willi Dorsch, quien compartía la oficina con Heinrich, también se incorporó.
—Dejémoslo por hoy, Heinrich —dijo, meneando la cabeza mientras se ponía su propio abrigo—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí, en el Oberkommando der Wehrmacht?
—Va a hacer doce años —respondió Heinrich, abrochándose los botones—.¿Por qué?
Su amigo le tiró un dardo alegremente.
—Todo ese tiempo en el alto mando, bonito uniforme incluido, y sigues sin parecer un soldado.
—No puedo evitarlo —dijo Heinrich con un suspiro. Sabía muy bien que Willi tenía razón. Era un hombre alto, delgado y calvo de cuarenta y tantos, con tendencia a arrastrar los pies en vez de desfilar con ellos. Llevaba el abrigo como si fuese de tweed, confeccionado para un afectado profesor inglés. Se puso la gorra alta en un ángulo inclinado y levantó una ceja, para ver la reacción de Willi. Este sacudió la cabeza. Heinrich se encogió de hombros y abrió las manos.
—Tendré que ser marcial por los dos —dijo Willi. Su gorra le confería un distinguido aire de gallardía—. ¿Vais a hacer algo para la cena de esta noche? —
Los dos hombres no vivían lejos el uno del otro.
—En realidad, sí. Lo siento. Lise ha invitado a algunos amigos —dijo Heinrich—. Sin embargo, pronto quedaremos.
—Será mejor que así sea —dijo Willi—. Erika ya empieza otra vez con lo de cuánto te echa de menos. Me estoy poniendo celoso.
—Oh, Quatsch —dijo Heinrich, empleando la mordaz palabra berlinesa para «tonterías»—. Puede que necesite un ajuste de gafas. —Willi era rubio, rubicundo y musculoso, y ninguno de estos deseables adjetivos eran aplicables a Heinrich—. O a lo mejor es solo por mi juego de bridge.
Willi dio un respingo.
—Sabes cómo herir a un tipo, ¿eh? Venga, vamos.
El viento en el exterior de las dependencias militares parecía morder. Heinrich temblaba dentro de su gabán. Apuntó a la izquierda, hacia la Gran Cúpula.
—Los viejos dicen que el tamaño de esa cosa ha revuelto el clima.
—Los viejos siempre se quejan. Es lo que los hace viejos. —Pero la mirada de Willi siguió el dedo de Heinrich. Ambos veían la Gran Cúpula todos los días, pero rara vez la miraban de verdad—. Es grande, vale, ¿pero es lo bastante grande para eso? Lo dudo. —Sin embargo, su voz también dudaba.
—Si me preguntas, es lo bastante enorme para casi cualquier maldita cosa —dijo Heinrich. La Gran Cúpula había sido erigida sesenta años antes, en medio del gran arrebato de triunfo después de que Gran Bretaña y Rusia cayeran ante los planes y los panzers del Tercer Reich. Presumía de una cúpula que alcanzaba los doscientos veinte metros de altura, y tenía más de doscientos cincuenta metros de largo. Cabían dieciséis catedrales de San Pedro dentro de aquel gigantesco monumento a la grandeza de la raza aria. Los ricos de todo un continente conquistado habían pagado la construcción.
La propia cúpula, cubierta de cobre, capturaba la débil luz como una gran colina verde. En la cúspide, en lugar de una cruz, se alzaba un águila germánica con una esvástica en sus garras. Encima del águila, una luz roja se encendía y apagaba como aviso a los aviones que volaban bajo.
El estremecimiento de Willi Dorsch tenía poco que ver con el tiempo gélido.
—Me hace sentir diminuto.
—Es un templo al Reich y al Volk. Se supone que ha de hacerte sentir diminuto —contestó Heinrich—. Comparado con las necesidades de la raza alemana y del
estado, cualquier hombre es diminuto.
—Nosotros les servimos. No ellos a nosotros —concedió Willi. Señaló por encima de la plaza Adolf Hitler hacia el palacio del Führer, en el lado opuesto de
la inmensa plaza cuadrada adyacente a la Gran Cúpula—. Cuando Speer levantó el palacio, estaba preocupado por si su tamaño empequeñecería incluso a nuestro mismísimo Líder. —Y, de hecho, la balconada sobre la alta entrada a la residencia del Führer parecía una idea arquitectónica tardía.


En presencia de mis enemigos, Harry Turtledove

Joder, ¡No tengo fuego!

John Hunter estaba loco.
Decidió que su pequeña morada en un ático de la ciudad había quedado obsoleta. Todas aquellas trampas en el rellano del hall y el rifle de francotirador apostado en el alféizar de la ventana principal del salón estaban llenos de polvo. Ni un solo zombi en varios días. Añoraba el toc-toc y los aporreos de los monstruos en la noche oliendo su sangre viva tras la puerta principal, o el sonido de la SPAS-12 reventando los intestinos de algunos indeseables tras activar la trampa del pasillo que daba a las escaleras del bloque…

Se miró en el espejo cuarteado del baño y observó un rostro que le recordaba más a un fantasma que a una persona cuerda. Decidió que esconderse ya no era divertido. Cogió las cosas más importantes para una salida junto con su gabardina, la SPAS-12 y una mochila repleta de postas, conservas y algo de primeros auxilios, bueno los primeros auxilios los dejó sobre la tele de catorce pulgadas; sabía que curarse resultaba inútil si te mordía alguno de esos cabrones…
Miró una última vez la foto de su familia sobre la cómoda del dormitorio y puso el marco boca abajo antes de colocarse la gorra azul de la marina a la que un día perteneció. Posteriormente salió por la puerta y desapareció por la sinuosa escalera del edificio, con la mirada perdida y el dedo en el gatillo de su recortada. Ahora sí, la sangre de nuevo en sus venas recorriéndolas como un torrente de adrenalina. Caminó durante casi dos horas por las calles bajo la luz chisporroteante de las farolas, ni un alma, esqueletos y carne putrefacta en las aceras…
Él masticaba chicle, uno caducado. Encontró una máquina expendedora con sangre seca sobre las marcas de tabaco y comenzó a golpearla con la culata del arma. Una vez abierta cogió un par de paquetes de Chester y los guardó en la mochila, no sin antes sacar un cigarro... Pero ¿y el mechero? Maldijo su puta mala suerte y tiró el cigarro al suelo. Cogió la recortada y disparó aquél pequeño rollo de hierba hasta que no quedó nada. ¡Toma fuego, toma!
Encontró el primer grupo de muertos tras girar la esquina del cine Mutt, allí estaban tirados tres hijos de puta, comiéndose la pierna de uno de ellos, el pobre cabrón gritaba con todas las jodidas fuerzas que le quedaban, pero al mismo tiempo se estaba comiendo su propio brazo. John no dejó pasar la ocasión y molió a cartuchazos a los tres caníbales y después se dirigió al mutilado, lo miró a los ojos, un cruce de miradas. Casi notó súplica en la expresión de la criatura.
—Te estaban comiendo estos mierdas —le dijo John, con la recortada apoyada al hombro, echando un vistazo a los zombis aniquilados— esto no puede quedar así, te voy a dar de comer. Hunter cogió la pierna de un muerto y la arrancó brutalmente de un tirón, se la hizo comer entera al zombi damnificado, primero metiéndole el pie en la boca, seguidamente contribuyendo con la pierna entera hasta reventarle la mandíbula mientras pasaba la rodilla por la tráquea.
—Que aproveche. El pobre diablo moribundo se desplomó en el suelo con un susurro ronco.
John siguió su camino por la avenida principal, hizo un puente a un todoterreno que estaba en mitad de la carretera y consiguió arrancarlo. “¡De puta madre, tío!”. Salió de la ciudad llevándose por delante a cuantos pudo. Más terrorífica que los muertos era la risa de John, avanzando por la avenida, haciendo saltar los miembros de los zombis por el aire. Tiró por la carretera estatal para encontrarse menos de esas cosas, y quizás evitar una barricada de coches en la autopista.
Todo estaba oscuro pero llegó a su destino tras cuatro horas de quietud en la carretera… “Base Militar de los Estados Unidos”. Se bajó del todoterreno frente al portón principal, que sorprendentemente estaba abierto. John colocó la linterna bajo el cañón del arma, cargó la recortada y sonrió: Fiesta en el cuartel. Entró y pulverizó a dos monstruos que merodeaban por el hall sin rumbo, hizo un reconocimiento con el foco del arma y avanzó por el primer pasillo a la derecha. Él conocía el lugar, pues había sido instruido allí cuando aún existía la humanidad. Encontró el cuadro de mandos que encendía el generador del lugar lo activó y corrió en dirección al almacén, bajo unas luces alógenas chisporroteantes, eliminando a tres indeseables más. Alcanzó la puerta del almacén, aún no habían forzado la entrada al lugar, curioso. Probó con algunas de las contraseñas que recordaba en el sistema de seguridad y acertó a la tercera. Una radiante sonrisa iluminó su rostro demacrado al ver las primeras cajas de M16.
—Ahora sí, hijos de puta, ahora sí.

Joder, ¡No tengo fuego!, Manuel Carlos León Rivera

EL ÚLTIMO SUEÑO DE CHUANG TZU

Chuang Tzu soñó que era un elefante. Su altura era enorme y su peso hacía temblar la tierra. Furioso —en el sueño no podía recordar la causa, pero algo de horror se confundía con su ira— embestía contra las ciudades y los hombres, aplastándolos sobre la tierra amarilla. Desde la llanura reconoció que la aglomeración de casas a la que ahora se acercaba era su ciudad.

Entonces despertó. Qué liviano le parecía todo… La luz de la mañana atravesaba las cortinas entre el susurro de la seda y rebotaba sobre las cosas, de vuelta hacia el aire…

En la esquina de la habitación su amanuense había dejado una jarra con agua y un recipiente de plata para enjuagarse la cara. Chuang Tzu se levantó y cruzó el cuarto. Escribiría su sueño, tan real como la vigilia en la que ahora se movía. Se preguntó si, para el propósito de su argumento, no sería mejor reemplazar la imagen del elefante con la de una mariposa, más sutil y memorable: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa, y al despertarse no supo…”

Se sentó. Una tabla de bambú osciló en sus manos. Buscando su pincel, miró hacia atrás. Con cierta alarma observó que las huellas que iban desde la cama hasta su escritorio eran rojas y que las plantas de sus pies estaban manchadas de sangre.

Se miró al espejo. En ese momento un peso enorme cayó sobre él y lo aplastó.


EL ÚLTIMO SUEÑO DE CHUANG TZU, Martín Monreal

Nueva postal desde Phobos, la mayor luna de Marte

La nave de la Agencia Espacial Europea (ESA) Mars Express ha remitido a la Tierra imágenes del sobrevuelo de la luna marciana Phobos realizado el pasado 9 de enero. El paso de la sonda espacial sobre el mayor de los dos satélites de Marte tuvo lugar a una distancia de tan solo 100 kilómetros. Esto ha permitido la obtención de instántaneas de gran detalle de la superficie de este rocoso y amorfo objeto.

La imagen adjunta de Phobos tiene una resolución de 8,2 metros por pixel. Los puntos suspensivos marcan en rojo el punto previsto anteriormente de aterrizaje --y en azul el actual-- de la próxima misión rusa Phobos-Grunt, que investigará sobre el terreno la composición de este cuerpo celeste.


Como la luna terrestre, Phobos siempre muestra la misma cara al planeta rojo, así que gracias a la 'Mars Express' se han podido fotografiar partes de esta luna hasta el momento desconocidas por la comunidad científica.

Los investigadores creen que comparte muchas características con los asteroides de clase 'carbonacea de tipo-C', que sugiere que Phobos pudo formarse a partir de este tipo de cuerpo. Esta misión tiene el objetivo de desentrañar el origen y el proceso de formación del satélite marciano.

El origen de 'Fobos' es un misterio para los expertos. En este sentido, contemplan tres posibles escenarios: que la luna es un asteroide capturado; la segunda es que se formó 'in situ' al mismo tiempo que Marte; y la tercera, que 'Fobos' se formó a partir de restos de escombros de Marte después de que un meteorito chocara contra el planeta rojo.

Fragmento - El Libro del día del Juicio Final

—Dijiste que Badri había hecho pruebas. ¿Cuáles fueron? ¿Una comprobación de coordenadas? ¿Una proyección de campo?
—No lo sé. —Ella señaló vagamente a las pantallas, con sus matrices y columnas de cifras en cambio constante—. Solo soy doctora, no técnico. Me pareció reconocer al técnico. Es de Balliol, ¿no?
Dunworthy asintió.
—El mejor técnico que tiene Balliol —dijo, observando a Badri, que pulsaba las teclas de la consola una a una y observaba atentamente las lecturas cambiantes—.
Todos los técnicos del New College estaban de vacaciones. Gilchrist pensaba usar un aprendiz de primero que nunca había dirigido un lanzamiento tripulado. ¡Un aprendiz de primero para un remoto! Lo convencí para que empleara a Badri. Si no puedo impedir este lanzamiento, al menos que lo dirija un técnico competente.
Badri miró la pantalla con el ceño fruncido, sacó un medidor de su bolsillo y se dirigió a la carreta.
—¡Badri! —llamó Dunworthy.
Badri no dio muestra alguna de haberle oído. Rodeó el perímetro de las cajas y cofres, mirando el medidor. Desplazó una de las cajas ligeramente a la izquierda.
—No te oye —dijo Mary.
—¡Badri! —gritó él—. Necesito hablar contigo.
Mary se levantó.
—No te oye, James. La mampara es a prueba de sonidos.
Badri dijo algo a Latimer, quien todavía sostenía el cofre con cierres de metal.  Parecía asombrado. Badri le quitó el cofre y lo colocó sobre la marca de tiza.
Dunworthy buscó un micrófono. No vio ninguno.
—¿Cómo oíste el discurso de Gilchrist? —preguntó a Mary.
—Gilchrist pulsó un botón ahí dentro —dijo ella, señalando un panel junto a la red.
Badri había vuelto a sentarse ante la consola y hablaba a su oído. Los escudos de la red empezaron a descender. Badri dijo algo más, y volvieron a donde estaban antes.
—Le pedí a Badri que volviera a comprobarlo todo: la red, los cálculos del aprendiz, todo —dijo Dunworthy—. Y que abortara inmediatamente el lanzamiento si detectaba algún error, a pesar de lo que dijera Gilchrist.
—Pero supongo que Gilchrist no pondrá en peligro la seguridad de Kivrin —protestó Mary—. Me dijo que había tomado todas las precauciones...
—¡Todas las precauciones! No ha realizado pruebas de reconocimiento ni comprobaciones de parámetros. Hicimos dos años de lanzamientos no tripulados al siglo XX antes de enviar a nadie. Él no ha hecho ninguno. Badri le dijo que debería retrasar el lanzamiento hasta que pudiera hacer al menos uno, y en vez de eso lo adelantó dos días. Ese tipo es un incompetente total.
—Pero explicó por qué el lanzamiento tenía que ser hoy —alegó Mary—. Dijo que los habitantes del siglo XIV no prestaban atención a las fechas, excepto a las siembras y las cosechas y los días festivos de la Iglesia. Dijo que la concentración de días sagrados era mayor en Navidad, y por eso Medieval ha decidido enviar a
Kivrin ahora, para que pueda utilizar los días de Adviento para determinar su localización temporal y asegurarse de estar en el lugar de recogida el veintiocho de diciembre.
—Enviarla ahora no tiene nada que ver con el Adviento ni las festividades —protestó él, observando a Badri. Volvía a pulsar una tecla cada vez, con el ceño fruncido—. Podría enviarla la semana que viene y usar la Epifanía para la cita de encuentro. Podría hacer lanzamientos no tripulados durante seis meses y luego enviarla haciendo un bucle. Gilchrist la envía ahora porque Basingame está de vacaciones y no se encuentra aquí para detenerlo.
—Oh, cielos —suspiró Mary—. Ya me parecía a mí demasiada prisa. Cuando le pregunté cuánto tiempo tendría que estar Kivrin en el hospital, intentó convencerme de que no sería necesario internarla. Tuve que explicarle que las vacunas necesitaban un tiempo para hacer efecto.
—Un encuentro el veintiocho de diciembre —dijo Dunworthy con amargura—. ¿Te das cuenta de qué festividad es? La celebración de la matanza de los Santos Inocentes. Cosa que, dada la manera en que se está dirigiendo este lanzamiento, puede ser completamente apropiada.

El Libro del día del Juicio Final, Connie Willis

Fragmento - En el oceano de la noche

Encontró uno de los tubos plásticos transparentes, lo estrujó y comió. Jugo de zanahorias. Menú de la NASA, verduras fortificantes y raíces suculentas, y nada de carne abominable. Quienes hayan a reunirse con Dios en su firmamento deberán ser puros de intestinos y no deberán sustentarse con carroña. Alimentad a vuestros hijos con alubias y bayas: es posible que ellos también se remonten a las estrellas. Cuando vuelvan a casa después de una salida olfatead su aliento en busca de rastros aberrantes de perros calientes. Inmundo, inmundo. Además, nadie había descubierto aún cómo criar pollos o vacas en la Luna, de modo que había que resignarse a las habas de soja.
En verdad, tampoco se podía hacer mucho más en la Luna. Estaba bien equilibrar los tomates con la cebada, extrayendo de la grava lunar suficientes proteínas y oxígeno para nutrir una pequeña base, pero regular los aminoácidos y la savia, evitar que se formara moho en las tuberías de acceso, y conservar la arcilla fina y polvorienta era harina de otro costal. Los biólogos optimistas miraban con mala cara sus habas de soja: sin el ciclo diario de sol y mareas, las plantas echaban raíces nudosas y hojas grises, y eran avaras en proteínas. No era fácil batirse con la entropía en un mundo de cielos negros y vientos durmientes.
Las ciudades cilíndricas funcionaban, cultivaban sus alimentos y prosperaban. Pero la Luna, verdaderamente ajena, no. De todas formas, el personal de Hiparco perseveraba, exploraba la Luna en busca de agua y hielo, experimentaba. Tenía un optimismo feroz. Precisamente lo que le faltaba a él, pensó Nigel. Se encogió de hombros, allí donde nadie podía verlo. Ahora la carencia no parecía importar.
Para distraerse meditó y leyó novelas en la pantalla de la cabina, en cuya superficie aparecían los textos que luego se borraban. El módulo estaba bien diseñado, si se pensaba que el tiempo para transformar los planos en artefactos había sido muy escaso. Nigel había llevado consigo un estuche con cuatro cristales mémorex, cada uno de los cuales contenía un libro, y en el primer día de espera había devorado dos, dedicándole una hora a cada uno.
Una frase le llamó la atención:
en una actitud respecto de Ataturk.
Más tarde la recordó, mientras cavilaba sobre la planicie esquistosa del Mare Smythii. Maniobró con las palabras como si fueran expresiones algebraicas, las descompuso matemáticamente en función de las aes y después de las tes. Reordenadas, las palabras comunicaban ambigüedad, incoherencia, una tolerable poesía.
Se preguntó si ése era un hábito neurótico.
Recuerdos de sus lecturas: mujeres que nunca pasaban junto a un poste de alumbrado sin tocarlo; hombres que siempre se balanceaban sobre el pie izquierdo mientras orinaban. Todos ellos compañeros de neurosis, con nervios que saltan en la cuerda floja.
—Su hora proyectada de arranque no ha variado. —Nuevamente Lewis, siete órbitas más tarde.
—¿Qué dice Houston?
—El Snark sigue el rumbo prometido. Desacelera en las condiciones que especifica nuestra trayectoria.
—¿Qué le comunica a Houston?
—Nada inusitado, dicen. El libreto estipula que le transmitan un alud de información apasionante, materiales que el Snark solicitó durante las últimas etapas de su aproximación. Hay que distraerlo para que usted pueda abordarlo.
—Lo sé, ¿pero cuál es esa información?
—¿Qué importa? De todas maneras es falsa.
—¿Cómo?
—Ya no le suministran datos veraces. Houston dice que el Presidente se opuso a ello.
Nigel hizo una mueca.
—No es extraño.
—Para aturdirlo, Nigel, y nosotros le vaciaremos el cerebro.
—Aja.
—Pero recuerde, si le parece que se le va a escabullir, dispare el cohete nuclear. Son órdenes de Houston.
—Claro, ésas son las órdenes de Houston.
—¿Eh? —Un atisbo de sorpresa en la voz.
—Que le metamos el dedo en el ojo.
—No entiendo de qué habla.
—¿Alguna vez se le ocurrió pensar cuántos años debe de tener? —preguntó Nigel, marcando las palabras—. Nuestras vidas son muy cortas. El Snark debe de vernos como si fuéramos bacilos. Eras y dinastías que se extinguen en un instante. Nos mira con su microscopio y toma notas de laboratorio, mientras nosotros tratamos de meterle el dedo en el ojo.
—Ah, sí. Bien, está saliendo de la zona de interferencia radial. Será mejor que nos callemos. Ya he volcado las correcciones en su ordenador.
—Entendido.
En el oceano de la noche, Gregory Benford

Fragmento - Neuromante

-Oye, Case -dijo, apenas dando voz a las palabras-, .me estás escuchando? Te contaré algo... Una vez anduve con un chico. A veces me lo recuerdas... -Se volvió para vigilar el pasillo. - Johnny, se llamaba.
El vestíbulo, bajo y abovedado, tenía docenas de estanterías de museo contra las paredes, cajas con frentes de cristal de aspecto arcaico. Parecían estar fuera de lugar, contra las curvas orgánicas de las paredes del vestíbulo, como si las hubiesen ordenado allí obedeciendo a alguna razón ya olvidada. Opacos apliques de bronce sostenían globos de luz blanca a intervalos de diez metros. El suelo era irregular. Cuando ella echó a andar por el pasillo, Case vio cientos de alfombras y pequeños tapetes puestos en el suelo, como al azar. En ciertos sitios había hasta seis, uno encima del otro; el suelo era una suave colcha de retazos de lana tejida a mano.
Molly prestó poca atención a los armarios y a lo que éstos contenían, lo cual lo irritó; tuvo que contentarse con las miradas poco interesadas de Molly, que le permitieron observar brevemente fragmentos de cerámica, armas antiguas, un objeto con tantos clavos herrumbrados incrustados en él que era irreconocible, pedazos de tapices rasgados...
-Este Johnny, sabes, era inteligente; un chico muy listo. Comenzó su carrera de receptor de datos en Memory Lane: tenía circuitos en la cabeza y la gente le pagaba para esconder allí información. Los Yakuza estaban detrás de él, la noche en que le conocí, y yo me encargué del asesino que ellos habían enviado. Fue más suerte que otra cosa, pero me lo saqué de encima, y después de eso, todo fue dulce y caramelo, Case. -Apenas movía los labios. Case sentía cómo ella formaba las palabras; no necesitaba escucharlas en voz alta.- Armamos un monitor para poder leer las huellas de todo lo que él había almacenado alguna vez. Registramos todo en una cinta y empezamos a controlar a nuestros clientes selectos, exclientes. Yo era agente, guardaespaldas y perro guardián. Me sentía muy feliz. ¿Has sido feliz alguna vez, Case? Él era mi muchacho. Trabajábamos juntos. Socios. Haría unas ocho semanas que yo me había largado de la casa de títeres cuando lo conocí... -Hizo una pausa, dio una brusca media vuelta, y siguió adelante. Más armarios lustrosos de madera; los lados de los muebles eran de un color que le hacía pensar en alas de cucaracha.
»Íntimo, dulce, marchábamos perfectamente. Como si nadie pudiese herirnos. Yo no iba a permitir que eso ocurriera. Supongo que los Yakuza todavía querían el pellejo de Johnny. Porque yo había matado al hombre de ellos. Porque Johnny los había quemado. Y los Yak pueden darse el lujo de ir muy despacio, viejo: son capaces de esperar años y años. Te dan una vida entera, sólo para que cuando vengan a quitártela tengas más que perder. Son pacientes como las arañas. Arañas Zen.
»Entonces, yo no lo sabía. O si lo sabía, pensaba que no seria nuestro caso. Quiero decir... Cuando eres joven, crees que eres único. Yo era joven. Entonces llegaron, cuando nosotros estábamos pensando que tal vez ya habíamos trabajado bastante, que era hora de terminar con todo, irnos a Europa tal vez. Ninguno de los dos sabía bien qué haríamos allá, sin nada que hacer. Pero vivíamos bien entonces, cuentas orbitales suizas, y una madriguera llena de juguetes y muebles. Le quita el gusto amargo a tu trabajo.
»El primero que enviaron era de los mejores. Reflejos increíbles, injertos, más estilo que diez hampones comunes. Pero el segundo era, no sé, como un monje. Un clono. Un asesino de piedra, hasta la última célula. Era parte de él, la muerte, aquel silencio; lo envolvía como una nube... -La voz de Molly se apagó, el corredor se había bifurcado en dos idénticas escaleras descendentes.  Ella fue por la de la izquierda.
»Una vez, yo era una niñita, estábamos ocupando ilegalmente una casa, cerca del Hudson, y las ratas eran enormes. Por los productos químicos que llevaban dentro.  Eran tan grandes como yo; y una noche una de ellas había estado escarbando debajo de la casa donde vivíamos. Cuando ya era casi de madrugada, alguien vino acompañando a un hombre viejo que tenía costuras en las mejillas y los ojos rojos. Traía un paquete de cuero grasiento, como los que se utilizan para guardar herramientas, para que no se herrumbren. Lo abrió: tenía un viejo revólver y tres cartuchos. El viejo puso una bala en el cargador y empezó a caminar de un lado a otro. Nosotros nos quedamos contra las paredes.
»Iba y venía.  De brazos cruzados, cabizbajo, como si se hubiese olvidado del arma. Atento a los ruidos de la rata. No hacíamos ningún ruido. El viejo daba un paso. La rata se movía. La rata se movía, y él daba otro paso. Una hora así, y luego pareció recordar el revólver.  Lo apuntó hacia el suelo, sonrió y apretó el gatillo. Volvió a hacer su paquete y se fue.
»Más tarde me metí debajo del suelo. La rata tenía un agujero entre los ojos. -Molly estaba mirando las puertas selladas que había a intervalos a lo largo del pasillo.- El segundo, el que vino por Johnny, era como aquel viejo. No era viejo, pero era así. Mataba igual que él. -El pasillo se ensanchó.  El océano de suntuosas alfombras ondulaba suavemente bajo una enorme araña de cristal cuyo cairel más bajo llegaba casi al suelo. Un tintineo de cristal cuando Molly entró en el vestíbulo. TERCERA PUERTA A LA IZQUIERDA, titiló el display.

Neuromante, WILLIAM GIBSON

Vendrán las lluvias suaves

En el living, cantaba el reloj con voz: "tic-tac, las siete, arriba, ¡las siete!" como si temiera que nadie se levantara. Esa mañana la casa estaba vacía.
El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. "Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!"
En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.
"Hoy es 4 de agosto de 2026", dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, "en la ciudad de Allendale, California". Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. "Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad".
En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.
"Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!" Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: "Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy..." Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.
Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.
A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevo a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.
"Nueve y quince", cantó el reloj, "hora de limpiar".
De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.
"Las diez". Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.
"Las diez y quince". Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.
Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón.
El suave rociador llenó el jardín de luces que caían.
Hasta ese día, cuánta reserva había guardado la casa. Con cuánto cuidado había preguntado: "¿Quién anda? ¿Contraseña?", y al no recibir respuesta de los zorros solitarios y de los gatos que gemían, había cerrado sus ventanas y bajado las persianas con una preocupación de solterona por la autoprotección, casi lindante con la paranoia mecánica.
La casa se estremecía con cada sonido. Si un gorrión rozaba una ventana, la persiana se levantaba de golpe. ¡El pájaro, sobresaltado, huía! ¡No, ni siquiera un pájaro debía tocar la casa!
La casa era un altar con diez mil asistentes, grandes y pequeños, que reparaban y atendían, en grupos. Pero los dioses se habían marchado, y el ritual de la religión continuaba, sin sentido, inútil.
"Las doce del mediodía".
Un perro aulló, temblando, en el pórtico de entrada.
La puerta del frente reconoció la voz del perro y abrió. El perro, antes enorme y fornido, en ese momento flaco hasta los huesos y cubierto de llagas, entró en la casa y la recorrió, dejando huellas de barro. Detrás de él se escurrían furiosos ratones, enojados por tener que recoger barro, alterados por el inconveniente.
Porque ni un fragmento de hoja seca pasaba bajo la puerta sin que se abrieran de inmediato los paneles de las paredes y los ratones de limpieza, de cobre, saltaran rápidamente para hacer su tarea. El polvo, los pelos, los papeles, eran capturados de inmediato por sus diminutas mandíbulas de acero, y llevados a sus madrigueras. De allí, pasaban por tubos hasta el sótano, donde caían en un incinerador.
El perro subió corriendo la escalera, aullando histéricamente ante cada puerta, comprendiendo por fin, lo mismo que comprendía la casa, que allí sólo había silencio.
Husmeó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta, el horno estaba haciendo panqueques que llenaban la casa de un olor apetitoso mezclado con el aroma de la miel.
El perro echó espuma por la boca, tendido en el suelo, husmeando, con los ojos enrojecidos. Echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, lanzado a un frenesí, y cayó muerto. Estuvo una hora en el living.
"Las dos", cantó una voz.
Percibiendo delicadamente la descomposición, los regimientos de ratones salieron silenciosamente, como hojas grises en medio de un viento eléctrico...
"Las dos y quince".
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador resplandeció de pronto con un remolino de chispas que saltaron por la chimenea.
"Las dos y treinta y cinco".
De las paredes del patio brotaron mesas de bridge. Cayeron naipes sobre la felpa, en una lluvia de piques, diamantes, tréboles y corazones. Apareció una exposición de Martinis en una mesa de roble, y saladitos. Se oía música.
Pero las mesas estaban en silencio, y nadie tocaba los naipes.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a entrar en los paneles de la pared.
"Cuatro y treinta"
Las paredes del cuarto de los niños brillaban.
Aparecían formas de animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que daban volteretas en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio. Se llenaban de color y fantasía. El rollo oculto de una película giraba silenciosamente, y las paredes cobraban vida. El piso del cuarto parecía una pradera. Sobre ella corrían cucarachas de aluminio y grillos de hierro, y en el aire cálido y tranquilo las mariposas de delicada textura aleteaban entre los fuertes aromas que dejaban los animales... Había un ruido como de una gran colmena amarilla de abejas dentro de un hueco oscuro, el ronroneo perezoso de un león. Y de pronto el ruido de las patas de un okapi y el murmullo de la fresca lluvia en la jungla, y el ruido de pezuñas en el pasto seco del verano. Luego las paredes se disolvían para transformarse en campos de pasto seco, kilómetros y kilómetros bajo un interminable cielo caluroso. Los animales se retiraban a los matorrales y a los pozos de agua.
Era la hora de los niños.
"Las cinco". La bañera se llenó de agua caliente y cristalina.
"Las seis, las siete, las ocho". La vajilla de la cena se colocó en su lugar como por arte de magia, y en el estudio hubo un click. En la mesa de metal frente a la chimenea, donde en ese momento chisporroteaban las llamas, saltó un cigarro, con un centímetro de ceniza gris en la punta, esperando.
"Las nueve". Las camas calentaron sus circuitos ocultos, porque las noches eran frías en esa zona.
"Las nueve y cinco". Habló una voz desde el cielo raso del estudio: "Señora Mc Clellan, ¿qué poema desea esta noche?"
La casa estaba en silencio.
La voz dijo por fin:
"Ya que usted no expresa su preferencia, elegiré un poema al azar". Comenzó a oírse una suave música de fondo. "Sara Teasdale. Según recuerdo, su favorito..."

Vendrán las lluvias suaves y el olor a tierra
Y el leve ruido del vuelo de las golondrinas

El canto nocturno de los sapos en los charcos
La trémula blancura del ciruelo silvestre

Los ruiseñores con sus plumas de fuego
Silbando sus caprichos en la alambrada

Y ninguno sabrá si hay guerra
Ni le importará el final, cuando termine

A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si desapareciera la humanidad

Ni la primavera, al despertar al alba,
Se enteraría de que ya no estamos.

El fuego ardía en la chimenea de piedra y el cigarro cayó en un montículo de ceniza en el cenicero. Los sillones vacíos se miraban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música. A las diez la casa comenzó a apagarse.
Soplaba el viento. Una rama caída de un árbol golpeó contra la ventana de la cocina. Un frasco de solvente se hizo añicos sobre la cocina. ¡La habitación ardió en un instante!
"¡Fuego!" gritó una voz. Se encendieron las luces de la casa, las bombas de agua de los cielos rasos comenzaron a funcionar. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo, lamiendo, devorando, bajo la puerta de la cocina, mientras las voces continuaban gritando al unísono: "¡Fuego, fuego, fuego!"
La casa trataba de salvarse. Las puertas se cerraban herméticamente, pero el calor rompió las ventanas y el viento soplaba y avivaba el fuego.
La casa cedió mientras el fuego, en diez mil millones de chispas furiosas, se trasladaba con llameante facilidad de una habitación a otra y luego subía la escalera. Mientras las ratas de agua se escurrían y chillaban desde las paredes, proyectaban su agua, y corrían a buscar más. Y los rociadores de la pared soltaban sus chorros de lluvia mecánica.
Pero demasiado tarde. En alguna parte, con un suspiro, una bomba se detuvo. La lluvia bienhechora cesó. La reserva de agua que había llenado los baños y había lavado los platos durante muchos días silenciosos se había terminado.
El fuego subía la escalera, creciendo, se alimentaba en los Picasso y los Matisse de las salas del piso alto, como si fueran manjares, quemando los óleos, tostando tiernamente las telas hasta convertirlas en despojos negros.
¡El fuego ya llegaba a las camas, a las ventanas, cambiaba los colores de los cortinados!
Luego, aparecieron los refuerzos.
Desde las puertas-trampa del altillo, los rostros ciegos de los robots miraban con sus bocas abiertas de donde salía una sustancia química verde.
El fuego retrocedió, como habría retrocedido hasta un elefante a la vista de una serpiente muerta. En ese momento había veinte serpientes ondulando por el suelo, matando el fuego con un claro y frío veneno de espuma verde.
Pero el fuego era inteligente. Había lanzado llamas fuera de la casa, que subieron al altillo donde estaban las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del altillo que dirigía las bombas quedó destrozado.
El fuego volvió a todos los armarios y las ropas colgadas en ellos.
La casa se estremeció, hasta sus huesos de roble, su esqueleto desnudo se encogía con el calor, sus cables, sus nervios salían a la luz como si un cirujano hubiera abierto la piel para dejar las venas y los capilares rojos temblando en el aire escaldado. "¡Auxilio, auxilio!" "¡Fuego!" "¡Rápido, rápido!"
El calor quebraba los espejos como si fueran el primer hielo delgado del invierno. Y las voces gemían, "fuego, fuego, corran, corran", como una trágica canción infantil.
Y las voces morían mientras los cables saltaban de sus envolturas como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron y ya no se oyó ninguna.
En el cuarto de los niños ardió la jungla. Rugieron los leones azules, saltaron las jirafas púrpuras. Las panteras corrían en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales, corriendo frente al fuego, se desvanecieron en un lejano río humeante...
Murieron diez voces más. En el último instante, bajo la avalancha de fuego, se oían otros coros, indiferentes, que anunciaban la hora, tocaban música, cortaban el pasto con una máquina a control remoto, o abrían y cerraban frenéticamente una sombrilla, cerraban y abrían la puerta del frente, sucedían mil cosas, como en una relojería donde cada reloj da locamente la hora antes o después de otro. Era una escena de confusión maníaca, pero sin embargo una unidad; cantos, gritos, los últimos ratones de la limpieza que se abalanzaban valientemente a llevarse las feas cenizas... y una voz, con sublime indiferencia ante la situación, leía poemas en voz alta en el estudio en llamas, hasta que se quemaron todos los rollos de películas, hasta que todos los cables se achicharraron y saltaron los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa que se derrumbó de golpe, en medio de las olas de chispas y humo.
En la cocina, un instante antes de la lluvia de fuego y madera, pudo verse al horno preparando el desayuno en escala psicopática, diez docenas de huevos, seis panes convertidos en tostadas, veinte docenas de tajadas de panceta, que, devorados por el fuego, ponían a funcionar nuevamente al horno, que silbaba histéricamente...
La explosión. El altillo que caía sobre la cocina y la sala. La sala sobre el subsuelo, el subsuelo sobre el segundo subsuelo. El freezer, un sillón, rollos de películas, circuitos, camas, todo convertido en esqueletos en un montón de escombros, muy abajo.
Humo y silencio. Gran cantidad de humo.
La débil luz del amanecer apareció por el este. Entre las ruinas, una sola pared quedaba en pie. Dentro de la pared, una última voz decía, una y otra vez, mientras salía el sol, iluminando el humeante montón de escombros:
"Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es..."

Vendrán las lluvias suaves, Ray Bradbury

Cuevas gigantes para albergar a los primeros humanos de Marte

Los investigadores consideran que existen buenas razones para situar bajo tierra el desembarco del hombre en Marte. Además de la mayor facilidad para regular la temperatura, el estar rodeado de roca ayuda a mantener la radiación al nivel mínimo.

Entre las primeras ideas para el proyecto colonizador, se ha señalado el cubrir el cráter al nivel del suelo con una superficie aislante, para posteriormente sellarla y llenar el interior con aire. La presión del aire dentro ayudaría a sostener el techo. Podrían cavarse habitaciones en las paredes del pozo para proporcionar más espacio y mejor protección contra las radiaciones, e incluso hacer uso de los yacimientos minerales.

Pozos de hasta 310 metros

Las fotografías muestran dos pozos de, aproximadamente, 180 metros y 310 metros de diámetro, respectivamente. Las imágenes han sido procesadas para revelar los detalles de la superficie dentro de cada cueva. La más pequeña de las dos fosas contiene rocas y sedimentos en sus paredes y una sedimentación de color brillante en el suelo.

Un estudio cuidadoso de las paredes y el suelo, así como de los terrenos que las rodean, podría ayudar a desentrañar la complicada serie de procesos que deben haber sido responsables de su formación y posterior modificación.

Los investigadores piensan que se trata probablemente de cráteres que se formaron al derrumbarse el techo de una cámara de vacío generada por la lava. 


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Fragmento - PUERTA A LAS ESTRELLAS

La idea me dejó aturdido. Traté de imaginármelo. Una estrella supermasiva gira; la fuerza centrífuga y la gravedad se equilibran mutuamente a duras penas. Al girar pierde energía. Entonces se contrae para compensar esa pérdida y se torna más brillante: es como una húmeda patinadora sobre hielo que apretara los brazos contra el cuerpo, girando cada vez más rápida sobre la punta de su patín, salpicando agua. Cuando ha irradiado suficiente energía, el centro sucumbe bajo su propio peso y se convierte en una estrella de neutrones, habiendo liberado ya sus electrones y sus protones.
―¿Qué tamaño tiene? ―pregunté.
―¿Este? Diez kilómetros de diámetro.
Alguna vez había sido más grande que nuestro sol: ahora estaba comprimida en un fragmento de diez kilómetros.
―¿Qué pasará si tiene éxito? ―preguntó Smith.
El doctor Higgins meditó por un momento, con la mirada perdida en el vacío, mientras estudiaba todas las posibilidades. Asintió vagamente, murmurando: «Sí», y «Ahhh». y «Después.. claro...». Ya ordenados sus pensamientos, nos miró.
―Pueden ustedes elegir. El sol y el pulsar pueden formar una estrella doble: o el sol podría verse acelerado, permitiendo que Marte, la Tierra y algunos otros de los planetas menos importantes fueran hacia la órbita del pulsar, donde serían bombardeados, en un caos electromagnético, con dosis gigantescas de rayos X, protones y cuanto hay entre ambos. También podría ocurrir que el sol y el pulsar entraran en colisión: el sol podría convertirse en una nova, y la masa restante formaría una segunda estrella de neutrones, que perdería aún más energía y se reduciría más y más, hasta tornarse tan pequeña y densa que pasaría el radio Schwartzchild: su gravedad sería así tan inmensa que ni siquiera la luz podría escapar de ella. Entonces se formaría un Agujero Negro. ¡Un Agujero Negro, imagínenlo! Naturalmente, para entonces todos estaríamos muertos. Todo habría desaparecido de los alrededores. ¡A pesar de todo, sería magnífico! ¡Qué acontecimiento! ¡Qué endiablado acontecimiento!
El doctor Higgins me miró radiante, como si acabara de descubrir la luna.
―Si pudiésemos estar allí, Cluggins, y sumergimos en el Agujero Negro, hay quienes piensan que pasaríamos a otro universo. ¿Se lo imagina? ¡Otro universo! ¡Supera a toda imaginación!
―Si los padres de Spieler hubiesen prestado más atención a su hijo... ―suspiró Smith.
―De cualquier modo ―concluyó el doctor Higgins― es muy posible que me equivoque.
Asentí, pero no agregué nuevas suposiciones. ¿Era posible que Spieler hiciera semejante cosa? Gracias a la ayuda que Parry prestara con respecto al reactor, el Gran Portal tenía mucha más potencia que la calculada originariamente por Norton. Pero ¿sería capaz de trasladar la masa de una estrella, aunque ésta sólo midiera diez kilómetros de diámetro?
―¿Y la masa, doctor Higgins? ―pregunté.
―¿Qué pasa con ella?
―Una estrella sumida no es un simple asteroide.
―Cierto. ¿Y bien?
―¿Cuál es la diferencia esencial entre los dos?
―La estrella de neutrones está mucho más comprimida.
―¿Eso es todo? ―pregunté, meneando la cabeza.
―No es mucho. Como dicen por ahí, la materia siempre es materia. Esto no es antimateria, ¿sabe? Tiene que obedecer las leyes, por decirlo así.
―¿Se la puede mover?
―Claro que se la puede mover. Todo se puede mover. No es cuestión de pértigas y puntos de apoyo, pero dada la suficiente energía y el equipo necesario...
El doctor Higgins sacó de su bolsillo una libreta y un lápiz.
―Usted parece saber algo sobre este Portal ―observó.
Asentí.
―Dígame cuál es la máxima energía que emplea el reactor Merryweather y le diré si puede trasladar el pulsar.
―El máximo dije, con voz apagada.
―Sí.
El doctor Higgins aguardaba con el lápiz apoyado sobre el papel. Recordé súbitamente a Hilda, la técnica de cómputos, con la cara de pekinés torcida ante la perspectiva de repasar un programa.
―Yo...
El doctor Higgins levantó la vista, elevando las cejas.
―¿Sí?
Smith me miraba.
―¿Y?
―No lo sé.
―¡Vaya colaboración! ―exclamó Smith, disgustado.
―Si tuviera una computadora ―dije, tembloroso―, y tres o cuatro horas de plazo...
―Nada de eso.
El doctor Higgins cerró la libreta.
―Bueno ―dijo―, eso es todo. Si tienen bastante energía, lo harán. La materia es siempre materia.

PUERTA A LAS ESTRELLAS, Stephen Robinett

En la nube del Oort

No se trata de ningún planeta enano como Plutón, no. El Sistema Solar tendría un nuevo invitado: un gigantesco planeta con cuatro veces la masa del gigantón Júpiter, si se confirman nuevos cálculos de John Matese y Daniel Whitmire, físicos de la Universidad de Louisiana.
Su sitio de residencia, obvio, no es el Sistema Solar que más conocemos, sino la Nube de Oort, una región del espacio ubicada a un año luz de nosotros, ubicada aún más al exterior del cinturón de Kuiper, donde ya se han encontrado algunos cuerpos planetarios, como Eris, Makemake y Sedna.
Estos físicos de la Universidad de Louisiana detectaron anomalías en la distribución de cometas que sugieren que al menos un 20 por ciento de ellos sufren el tirón gravitatorio de un enorme cuerpo, al que denominaron Tycho.
La Nube de Oort se encuentra en los límites del Sistema Solar. Es una extensa región casi esférica de la cual procede la mayoría de los cometas conocidos: albergaría entre 1.000 millones y 100.000 millones de estos llamativos viajeros celestiales. Muchos de esos cometas son enviados al Sistema Solar interior por diversas fuerzas.

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Se encontró oxígeno en la atmósfera de Rea

Los resultados, publicados en Science, muestran que Rea, la segunda luna más grande de Saturno, tiene una atmósfera compuesta por un 70% de oxígeno y un 30% de dióxido de carbono. Esto se suma a la imagen de los cráteres de Rea que Cassini ya había proporcionado y al descubrimiento de sus anillos.
“Esta es la primera vez que vemos el oxígeno directamente en la atmósfera de otro mundo”, dijo al diario The Guardian Andrew Coates, del Laboratorio de Ciencia Espacial Mullard del Colegio Universitario de Londres. Ya se habían detectado capas que contienen oxígeno en las lunas jovianas Europa y Ganímedes, en la década de 1990, pero sólo a la distancia utilizando el Telescopio Espacial Hubble de la NASA.

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China planea pisar por primera vez la Luna en 2025

China espera pisar por primera vez la Luna en 2025, así como enviar sondas de exploración a Marte en 2013 y a Venus en 2015 y fletar su primer módulo espacial sin tripulación, el "Tiangong-1", el próximo año, informó hoy el diario "Global Times".
Además, el satélite de exploración lunar chino, el "Chang'e-2", será lanzado antes de fin de año, anunció Wu Weiren, el ingeniero jefe del Programa Chino de Exploración Lunar.
Se trata de un proyecto de exploración robótica y misiones tripuladas a la luna dirigido por la Administración Espacial Nacional China.
Fuentes oficiales del programa afirmaron con anterioridad que el "Chang'e-2" será lanzado en octubre, alrededor del Festival chino de Medio Otoño, que se celebra el 22 de septiembre, según el diario.
Además, este satélite llevará a cabo una prueba de aterrizaje en vistas de la preparación del lanzamiento del "Chang'e-3", previsto para el 2013.
"Chang E", el nombre con el que son bautizados los satélites artificiales, alude a una tradición china según la cual una diosa con ese nombre habita en la Luna desde tiempos inmemoriales.
El científico Ouyang Ziyuan, miembro de este proyecto de satélites lunares, dijo al "Global Times" que se está planeando establecer una estación espacial de satélites para el 2020, basada en la tecnología aeroespacial y el éxito de las futuras misiones tripuladas.
El primer módulo espacial sin tripulación, el "Tiangong-1" (que en mandarín significa "Palacio Celestial"), se lanzará el próximo año y en él se acoplarán otros lanzamientos previstos en el futuro, dentro del exitoso programa "Shenzhou", que en 2008 logró realizar el primer paseo espacial con un astronauta chino.
El "Tiangong-1" se convertirá en un laboratorio y muelle de aterrizaje para tres futuras expediciones espaciales chinas, la Shenzhou-8, en 2011, y la Shenzhou-9 y la no tripulada Shenzhou-10 en 2012.
El gigante asiático lanzó su primer astronauta al espacio en 2003, honor que recayó en Yang Liwei, a bordo del "Shenzhou V".
En septiembre de 2008 uno de los tres cosmonautas que viajaron en el "Shenzhou VII", Zhai Zhigang, fue el primero que llevó a cabo un paseo espacial, convirtiendo a China en el tercer país del mundo que logró tal hazaña.

Fragmento - Los cuatro jinetes del Apocalipsis

El capitán Erckmann, al ver al joven argentino, le ofreció una copa.
—Es la guerra —dijo con entusiasmo—, la guerra que llega...¡Ya era hora!
Desnoyers hizo un gesto de asombro. ¡La guerra!... ¿Qué guerra es esa?... Había leído, como todos, en la tablilla de anuncios del antecomedor un radiograma dando cuenta de que el gobierno austriaco acababa de enviar un ultimátum a Serbia, sin que esto le produjese la menor emoción. Menospreciaba las cuestiones de los Balkanes. Eran querellas de pueblos piojosos, que acaparaban la atención del mundo, distrayéndolo de empresas más serias. ¿Cómo podía interesar este suceso al belicoso consejero? Las dos naciones acabarían por entenderse. La diplomacia sirve algunas veces para algo.
—No —insistió ferozmente el alemán—; es la guerra, la bendita guerra. Rusia sostendrá a Serbia, y nosotros apoyaremos a nuestra aliada... ¿Qué hará Francia? ¿Usted sabe lo que hará Francia?...
Julio levantó los hombros con mal humor, como pidiendo que le dejase en paz.
—Es la guerra —continuó el consejero—, la guerra preventiva que necesitamos. Rusia crece demasiado aprisa y se prepara contra nosotros. Cuatro años más de paz, y habrá terminado sus ferrocarriles estratégicos y su fuerza militar, unida a la de sus aliados, valdrá tanto como la nuestra. Mejor es darle ahora un buen golpe. Hay que aprovechar la ocasión... ¡La guerra! ¡La guerra preventiva!
...
—¿No serán los otros pueblos —preguntó— los que se ven obligados a defenderse, y ustedes los que representan un peligro para el mundo?...
—Tuve el honor de manifestarle, joven —dijo, imitando la cortante frialdad de los diplomáticos—, que usted no es más que un sudamericano, e ignora las cosas de Europa.
No le llamó «indio», pero Julio oyó interiormente la palabra lo mismo que si el alemán la hubiese proferido.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis, VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

Churchill ocultó el avistamiento de ovnis para evitar un "pánico masivo"

Londres, década de los años 50. Los más altos jefes de la inteligencia británica se reúnen en secreto no para discutir asuntos de seguridad nacional, sino el presunto avistamiento de Objetos Voladores No Identificados (ovnis).
No es un capítulo de La guerra de los mundos de H. G. Wells, donde la Tierra es invadida por extraterrestres. De hecho, el gobierno del Reino Unido se tomó tan en serio la posible amenaza de ovnis que ordenó a un comité de expertos en inteligencia redactar un informe semanal sobre la supuesta presencia de platillos voladores.
Los archivos se mantuvieron clasificados por 50 años. Así lo exigió el primer ministro británico Winston Churchil para prevenir "el pánico masivo". Sin embargo, el ministerio de Defensa del Reino Unido publicó hoy los documentos reveladores en la página de internet del Archivo Nacional.
Las evidencias dan cuenta de que durante 1957 el comité conjunto de inteligencia recibió, como promedio, un reporte semanal sobre algún avistamiento de ovnis. Algunos aún hoy no tienen explicación.
Los informes desclasificados muestran también que durante la Segunda Guerra Mundial, Churchill presidió varias reuniones para debatir el tema. Le preocupaban posibles encuentros entre aviones bombarderos de la Real Fuerza Aérea británica y ovnis.
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Por fin, toda la verdad sobre la guerra contra los muertos vivientes

Aprovechando mi convalescencia gripal, leí "Guerra Mundial Z",   una novela de ciencia-ficción escrita por Max Brooks que relata la guerra mundial contra los zombis. Continúa la temática de la primera novela del autor "Zombi - Guía de superviviencia". No obstante, mientras que el planteamiento de la Guía es imitar los manuales de supervivencia para situaciones peligrosas, “World War Z” se presenta como un conjunto de entrevistas a los supervivientes, agrupadas en capítulos presentados cronológicamente, cada uno relativo a una gran época del conflicto, desde la aparición del llamado “paciente cero” hasta el fin de la guerra, una década después.
Pronto, la película.

Cine de Terror. Cosa Mostra presenta: “Se nos cae la Bava”

Miércoles 21 a las 19.30 Hipólito Yrigoyen 1440, Capital
Homenaje al maestro Mario Bava, director italiano. Proyectaremos “Un hacha para la luna de miel” (1969) Un modista de novias, perturbado por el asesinato de su madre cuando era niño, seduce mujeres y las mata para recordar la escena y llegar a la verdad que lo obsesiona.

Un lago de metano, etano y propano

El lago Ontario ubicado en el hemisferio sur de Titán  -una de las lunas de Saturno- es lo que podemos apreciar gracias a las imágenes obtenidas por la sonda Cassini de la NASA.

El lago posee una superficie de unos 15.000 kilómetros cuadrados y esta compuesto por metano, etano y propano.

La primera vez que Cassini obtuvo una imagen del lago fue en el año 2004. A partir de esa fecha se han realizado diversas investigaciones, algunas de ellas han concluido que la costa del lago ha retrocedido unos 10 kilómetros. La explicación de este retroceso estaría dada por la evaporación del metano líquido, junto con la filtración de los líquidos a través del material poroso que compone el suelo de Titán (aunque los investigadores se muestran confiados de que esto se revertirá durante el invierno austral).

Gracias a los sobrevuelos realizados por la sonda Cassini el 22 de junio de 2009, el 8 de julio de 2009 y el 12 de enero de 2010; los científicos han logrado crear un video en donde nos explican en detalle las características del lago junto con el medio ambiente que lo rodea.