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La pelìcula mostra: The Incredible Shrinking Man

La araña corría hacia él sobre la oscura arena, agitando enloquecida unas patas que parecían tallos. Su cuerpo era un huevo gigante y satinado que temblaba lúgubremente mientras se deslizaba entre aquellos montículos por los que no corría ni un soplo de aire, dejando a su paso una estela de puntos. El hombre se quedó paralizado. Vio el destello venenoso de los ojos de la araña; la vio trepar por un palo que parecía un tronco, alzando su cuerpo sobre unas patas que se movían tan deprisa que apenas eran trazos confusos. Las patas le llegaban a la altura de los hombros. De pronto, a sus espaldas, la llama encajonada en acero cobró vida con un tronido que sacudió el aire, liberando al hombre de su parálisis. Jadeando, giró sobre sus talones y echó a correr. La húmeda arena crujía bajo sus sandalias. Escapó por lagos de luz y se sumergió de nuevo en la oscuridad; su rostro era una máscara de terror. Los rayos del sol arponeaban su camino y las frías sombras lo envolvían. La araña gigante barría la arena, persiguiéndole.

El increible hombre menguante
(1957) de Richard Matheson. Dirigida por Jack Arnold.
Scott Carey (Grant Williams) y su esposa Louisa (Randy Stuart) pasan un día relajado en el yate de su hermano Charlie (Paul Langton). Cuando Louisa va a buscar unas cervezas, una gigantesca nube radiactiva cubre por completo la embarcación. Unos días después, Scott comienza a preocuparse por su repentina pérdida de peso y estatura. Un film maravilloso, que me provocó más de una reflexión.

LA FUTURA DIFUNTA

El hombrecillo abrió la puerta y entró; fuera quedó la deslumbradora luz del sol.
Aquel hombrecillo larguirucho, de aspecto simple y ralo cabello gris, rondaría los cincuenta años o poco más. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó en el lóbrego vestíbulo, en espera de que los ojos se le acostumbraran al cambio de luz. Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Su pálido rostro aparecía sin transpiración a pesar del calor. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra, se quitó el sombrero panamá y avanzó por el pasillo hasta el despacho: sus zapatos negros no hicieron ruido alguno al pisar sobre la alfombra.
El empleado de la funeraria levantó la vista de su escritorio para saludarle.

-- Buenas tardes.
-- Buenas tardes --repuso el hombrecillo, que tenía una voz suave.
-- ¿Puedo ayudarle en algo?
-- Sí --respondió el hombrecillo.
Con un ademán, el empleado de la funeraria le indicó la butaca que había del otro lado de su escritorio y le dijo:
-- Por favor.

El hombrecillo se sentó en el borde de la butaca y dejó el panamá sobre su regazo. Observó que el empleado de la funeraria abría un cajón y sacaba un impreso. Después, retiró una estilográfica negra de su base de ónice, y preguntó:
-- ¿Quién es el difunto?
-- Mi esposa --dijo el hombrecillo.
El empleado de la funeraria emitió un cloqueo de condolencia.
-- Lo siento.
--Ya --replicó el hombrecillo con una mirada inexpresiva.
-- ¿Cómo se llamaba?
-- Marie Arnoid --respondió el hombrecillo en voz baja.
El de la funeraria escribió el nombre.
-- ¿Dirección?
El hombrecillo se la dio.
-- ¿Está ella allí ahora?
-- Si. está allí --respondió el hombrecillo.
El otro asintió.
-- Quiero que todo sea perfecto --dijo el hombrecillo--. Quiero lo mejor que haya.
-- Claro, claro, por supuesto.
-- No me importa lo que cueste --insistió el hombrecillo. Su garganta osciló cuando tragó saliva .
-- Ahora ya no me importa nada. Salvo esto.
-- Lo comprendo --dijo el de la funeraria.
-- Siempre tenía lo mejor. Yo me encargaba de ello.
-- Claro, claro.
-- Asistirá mucha gente --comentó el hombrecillo--. Todo el mundo la quería. Es tan hermosa..., tan joven... Tiene que darle lo mejor. ¿Me comprende?
-- A la perfección --le aseguró el de la funeraria--. Le garantizo que quedará más que satisfecho.
-- Es tan hermosa --repitió el hombrecillo--. Tan joven.
-- No lo dudo --asintió el de la funeraria.

El hombrecillo permaneció sentado, sin moverse, mientras el empleado de la funeraria le formulaba unas preguntas. El tono de voz del hombrecillo no varió mientras hablaba. Sus ojos parpadeaban tan de vez en cuando que el empleado no los vio moverse ni una sola vez. El hombrecillo firmó el impreso ya rellenado y se incorporó. El de la funeraria hizo lo propio y rodeó el escritorio.
-- Le garantizo que quedará usted satisfecho --dijo al tiempo que le tendía la mano.
El hombrecillo se la estrechó. La palma de su mano estaba seca y fría.
-- Dentro de una hora iremos a su casa --le indicó el agente funerario.
-- Perfecto --repuso el hombrecillo.
El empleado avanzó por el pasillo, al lado del cliente.
-- Para ella quiero que todo sea perfecto --dijo el hombrecillo--.Sólo lo mejor.
-- Todo saldrá tal como usted desea.
-- Se merece lo mejor. --El hombrecillo miró al frente con fijeza--. Es tan hermosa. Todo el mundo la quería. Todo el mundo. Es tan joven, y tan hermosa...
-- ¿Cuándo ha muerto? --preguntó entonces el de la funeraria.

El hombrecillo no pareció haberle oído. Abrió la puerta, salió a la luz del sol y se puso el panamá. Había recorrido ya la mitad de la distancia que lo separaba de su coche cuando, con una leve sonrisa en los labios, contestó:

-- En cuanto llegue a casa.

Richard Matheson