Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos solo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros, solo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles, de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera, salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido.
Una por uno, dos por dos, en pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquéllos, entonces, reanudaban el movimiento.
Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el bosque negro detrás de ellos parecía interminable.
El suelo mismo parecía desplazarse hacia el arroyo.
De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto.
Algunos se detenían y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
CHICKAMAUGA, Ambrose Bierce
Nuestro héroe cruza la singularidad maldita, el agujero negro o gris, el pasadizo al otro patio, que se encuentra en la esquina de Nicaragua y Arévalo, en el barrio de Palermo, Buenos Aires. Todo puede pasar: sexo, Historia, aventuras, guiso de lentejas o mondongo y Perón y Freud explicando las remeras rotas del Capitán Kirk. A ver si se ponen a leer, holgazanes.
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Fragmento
-¿Qué pasa, padre? -preguntó la muchacha.
Pasaba lo siguiente: el rastro del joven se interrumpía abruptamente, y, más allá, sólo se veía la intocada tersura de la nieve.
Las últimas huellas eran tan claras como las anteriores; incluso era perfectamente visible la marca de los tachones. Mr. Ashmore alzó los ojos, protegiéndolos con el sombrero, que mantuvo entre ellos y su linterna. Brillaban las estrellas; ni una nube afeaba el cielo; la nueva explicación a que había acudido (una nueva nevada con un límite cuyo trazado era obvio) le era negada. El hombre rodeó cuidadosamente los últimos rastros (de modo que los hallara incólumes en un próximo examen) y prosiguió hasta la fuente, seguido por la muchacha, débil y aterrada. Ninguno había dicho una palabra ante lo que habían visto.
Desapariciones misteriosas, Ambroce Bierce
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