Nuestro héroe cruza la singularidad maldita, el agujero negro o gris, el pasadizo al otro patio, que se encuentra en la esquina de Nicaragua y Arévalo, en el barrio de Palermo, Buenos Aires. Todo puede pasar: sexo, Historia, aventuras, guiso de lentejas o mondongo y Perón y Freud explicando las remeras rotas del Capitán Kirk. A ver si se ponen a leer, holgazanes.
LA CONDENA
Fragmento - PESADILLA EN BLANCO
PESADILLA EN BLANCO, Fredric Brown
Pesadilla en rojo
Se despertó sin saber que había despertado hasta que el segundo temblor, sólo un minuto después del primero, sacudió la cama ligeramente y derribó los objetos que había sobre la mesilla.
Descubrió que estaba totalmente despierto y que probablemente no sería capaz de volver a dormirse. Miró al dial luminoso del reloj y vio que eran ya las tres en punto: la mitad de la noche. Salió de la cama y caminó en pijama hasta la ventana. Estaba abierta, una fría brisa la cruzó y él pudo ver luces titilantes y parpadeantes en el negro cielo, a la vez que escuchaba los sonidos de la noche. Por alguna parte, campanas ¿A aquella hora? ¿Advertían de algún desastre? ¿Se habría producido un terremoto, en algún punto cercano, y de él provenían los ligeros temblores? ¿O quizá se acercaba un verdadero terremoto y las campanas advertían a la gente para que saliera de las casas y se quedara a salvo al aire libre?
Súbitamente, no a causa del miedo, sino por algún extraño impulso que no quiso analizar, deseó estar en cualquier parte menos allí. Y echó a correr.
Corrió, bajando al vestíbulo y cruzando la puerta principal, apresurándose silenciosamente, descalzo, por la ancha calzada que conducía a la entrada del jardín. A través de la puerta, llegó a un campo... ¿un campo? ¿Desde cuándo había una pradera justa al salir de su casa? Especialmente una como aquella, con postes, tan gruesos como si fueran telefónicos, cortados a su altura. Antes de que pudiera organizar sus pensamientos y se preguntase dónde estaba, quién era él mismo y qué estaba haciendo allí, se produjo otro temblor. Este fue más violento: le hizo tambalearse y trastabilló hasta uno de los postes; chocó con él y se hizo daño en el hombro; salió despedido en otra dirección, y estuvo a punto de caerse definitivamente. ¿Qué era aquel extraño impulso que le obligaba a ir hacia... dónde?
Fredric Brown
PESADILLA EN GRIS
El parque se veía hermoso con el verdor de la primavera, más suave que el del verano; el día resultaba magnifico y él era joven y estaba enamorado. Locamente enamorado, maravillosamente enamorado. Y feliz en su amor: la noche anterior, sábado, se había declarado a Susana y ella le aceptó, más o menos. No le dio un sí definitivo, pero le invitó para que esa tarde le conociese su familia, y le dijo que deseaba que ellos le quisieran y él a ellos. Si eso no significaba la aprobación, ¿entonces qué era? Se habían enamorado casi a primera vista, y por eso aún ni siquiera conocía a sus padres.
¡Oh, la dulce Susana, con los suaves cabellos castaños, la graciosa naricilla, las pecas marcadas y los grandes ojos de color café!
Era la mujer más maravillosa que uno pudiera desear.
Bueno, ya era tarde: Susana le había citado a esa hora. Se levantó del banco y, como sentía los músculos un poco entumecidos por la siesta, bostezó voluptuosamente. Se dirigió hacia la casa, que quedaba a unas manzanas de la suya.
Subió los escalones y llamó a la puerta. Esta se abrió y por un segundo se imaginó que la propia Susana salía a abrirle, pero no fue así. Probablemente se trataba de su hermana; Susana había mencionado que tenía una hermana un año menor que ella.
Se inclinó y se presentó, preguntando por Susana. Le pareció que la muchacha le miraba con extrañeza. Después le dijo:
- Pase, por favor. Ella no está en este momento, pero si gusta aguardar en la sala...
Esperó en la sala. Le extrañó que ella hubiera salido.
Entonces oyó la voz de la chica que le había recibido, hablando en el vestíbulo y, con explicable curiosidad, se levantó y fue a la puerta para escuchar. Parecía estar hablando por teléfono.
- Harry, por favor ven enseguida y trae contigo al doctor. Sí, es el abuelo... No, no es otro ataque al corazón. Es como la vez que le dio amnesia y pensó que la abuela aún vivía. No, no es demencia senil, Harry, es sólo amnesia, pero esta vez la cosa es peor. Cincuenta años menos... su memoria es la de cuando aún no se había casado con la abuela...
Repentinamente viejo, envejecido cincuenta años en cincuenta segundos, lloró en silencio, recostado en el marco de la puerta.
Fredric Brown